jueves, 6 de mayo de 2010

Me gusta ejercitar



Me gusta el olor de la mantequilla, su textura suave, blanda y maleable, sobre todo cuando la convierto en ingrediente único de un sandwich de galleta: unto la mantequilla y después aplasto las galletas. Me encanta lamer los chorros de grasa que caen por los lados y sentirlos en mi paladar, presionar un poco más y seguir lamiendo como un gato hasta que galleta y mantequilla son una mezcla única de la misma densidad.


Me gustan los momentos de ebullición, sí, de ebullición, cuando mis hormonas confluyen y tu olor me embriaga. Hago acopio de todos los elementos que me llevan al súmmum de la felicidad efímera y sueño que tú también sientes en cada poro de tu piel la música que nos acomaña, el sol que nos ciega, el que te quema las entrañas. Me gusta pensar que las burbujas de tu cerebro son tan efervescentes como las que tiran de mis labios formando una sonrisa de descarada felicidad.


Me gusta el primer sorbo de vino cuando la sed no es más que ansiedad encubierta. Me flipo, literalmente, con el tambaleo de mis neuronas, que buscan desesperadamente volver al equilibrio a la vez que gozan de su sorbito de elixir.


Me gustan las raspas del queso, los bordes de pizza, el arroz quemado en el fondo de una paella, los barcos de pan en el aceite de la ensalada. Me gusta todo aquello que rezuma sabor compacto, aquellas partes con texturas individuales, desterradas del placer conjunto de otros platos.


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