Volaba en mi interior con fuego, con sus alas abiertas, quemando mis arterias, mis intestinos, purificando mi alma. Lo sentía pesado y siempre presente. Se colocaba sobre mi cabeza y me dirigía por primera vez después de tanto tiempo ignorado, víctima de la perturbación de una rutina.
Pasaron los días y el exterior vibró. Mis arterias se enfriaron y allí, donde él dormía, se asentó un hipo demasiado rítmico, demasiado largo. Mi centro lloraba la ausencia de su piel dorada, de su cresta de fuego.
Amaneció y volví a buscar en ese hueco que queda entre mis pechos, allí donde las espirales nacen para conectarme al cielo. Tardó un poco pero algo vibró de nuevo. Aletargado en mi interior, lo palpé con la punta de mis dedos y unos ojos violeta despertaron de nuevo. Compartimos un Maha Mudra y una hermosa cola golpeó de nuevo, ¡pum,pum, pum!
Su cuerpo blanco y violeta, ligero, claro, puro y transparente navega de nuevo y puedo sentirle en mi pecho y en los dedos de los pies.
Mientras tanto, desde arriba, una mujer me impregna con su polvo dorado.
1 comentario:
Qué yóguico!
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