Paralizados, así estamos. Los dos en el mismo camino pero a punto de decirnos adiós en la próxima bifurcación. ¿Y a dónde se dirige cada uno? ¿Cómo es posible que me cueste tanto soltar esta mano de dedos sudorosos y uñas comidas y seguir por este nuevo sendero que yo elijo? ¿Cómo afrontar las noches blancas, sin estrellas y sin calor? ¿Cómo encontrar el valor necesario para abrazar el posible error y decidir un nuevo rumbo en nuestras vidas?
Paralizados, así estamos. Los dos en el mismo camino, pero a punto de decirnos adiós en la próxima bifurcación. ¿Y a dónde nos dirigimos? ¿Cómo es posible que estas manos siempre frías, de nudillos marcados, sean las que me den calor y refugio? Yo quiero seguir con ella, cualquiera que sea el camino, acariciar su pelo por las noches y continuar su risa cuando el viento acaricia sus labios. Quiero seguir sintiendo su calor cuando se refugia en mis brazos y yo soy grande, cuando soy su protector , cuando soy su cielo lleno de estrellas en las noches de sueños turbios. Pero ella no me deja.
Soy transeúnte de esta vida mía, que se desarrolla en perpendicular a la suya. Ahora, aquí, estamos en un espacio común, en nuestra habitación, en nuestra casa, en nuestra cama. Pero yo estoy fuera y lejos, en un cosmos alejado de su inexorable realidad. Me siento angustiada observando el techo, las cuatro paredes de tonos naranjas, los cuadros que recuerdan el paso del tiempo y la necesidad de un anclaje para esta estancia de esencia vacía de mi ser nómada. El techo, yo y él, a mi lado, cerquita. Y tan lejos.
Soy transeúnte de esta vida suya, que persigo para no perderla. Ahora, aquí, estamos en un espacio común, en nuestra habitación, en nuestra casa, en nuestra cama. Pero yo estoy fuera y lejos, en un cosmos alejado de su realidad. Me siento angustiado observando el techo, las cuatro paredes de tonos naranjas, los cuadros que recuerdan el paso del tiempo, lo que le di y lo que recibí; las sonrisas, los suspiros y las respiraciones de ritmo lento y acompasado en las siestas de verano. El techo, yo y ella, a mi lado, cerquita. Y tan lejos.
-¿En qué piensas?
-En nada, me estaba quedando dormido.
-Tenemos que hablar.
-¿Ahora?
Sí, ahora, la vida no es una sala de espera, no puedes pedir turno y esperar a que algo suceda, todo llega de improviso y la angustia me corroe, la falta de espacio me asfixia, mis alas de libertad están impregnadas de un petróleo espeso y viscoso que me devora y ya no tengo energía para seguir, ya no puedo más. Este techo que es mi casa oprime cada vez más mi pecho, y las cuatro paredes de esta habitación angosta golpean mis hombros y mis caderas. Me siento atrapada, no me puedo mover, no puedo respirar. No puedo ser.
¿Ahora? La vida es como una carnicería, siempre tengo un boleto y una lista de la compra que no hice yo, siempre hay un cuchillo afilado dispuesto a laminar mi ser en trocitos de carne que luego serán guisados a fuego lento. Este techo que es mi casa se encuentra cada vez más lejos, se escapa y mi vida se eleva como el vapor, y las cuatro paredes de esta habitación demasiado grande se me antojan frías, con demasiado espacio entre los cuadros. No me puedo mover porque tengo miedo a desaparecer, no puedo respirar porque el aire es demasiado frío. No sé si puedo ser.
-Sí, ahora. No estamos bien. Yo no sé qué es lo que pasa, pero creo que no puedo seguir con esto. No me malinterpretes, te quiero y lo sabes, pero es esta opresión y esta angustia que me retienen y yo necesito saber si tienen algo que ver con nosotros, con nuestra relación.
-Sé que hemos discutido pero yo te quiero y si tú me quieres seguro que lo podemos arreglar. Todas las parejas pasan por malas rachas, la vida es un vaivén, un círculo de emociones de líquido oscuro en el que tenemos que navegar a ciegas. Hay que ser paciente, luchar, seguir caminando y aceptar que nuestros pasos no son siempre certeros, que a veces nos tropezamos, nos cansamos y no somos capaces de seguir el mismo ritmo. Quizá simplemente necesitemos fluir y dejar que el barco de nuestra relación navegue solo, sin premeditación, sin un destino preconcebido. Dejar que él solo trace la carta de navegación que nos lleve de nuevo a puerto.
-¡Pero es que yo no sé si quiero! Creo que no. Ojalá pudieras ser yo y sentirme por dentro, palpar la densidad de mi sangre para entender. No existe tal barco, simplemente nadamos cansados, con brazadas dispares y con una respiración espesa y entrecortada. El líquido oscuro del que tú hablas nos agota y nuestro círculo de emociones nos lleva siempre al mismo punto de partida. No existe tal puerto, cada segundo es un puerto, pero nunca es el acertado. No sé, es complicado, no consigo ordenar las ideas en mi cabeza, todo está enmarañado y confuso, mis ideas, mis sentimientos, mis objetivos…No sé muy bien cómo explicarte lo que siento sin que mi propia confusión nos separe aún más, anclándonos en puntos lejanos en los que no nos podamos ya ni escuchar ni entender.
Siento los pies calientes, ardiendo bajo este edredón de plumas y la bolsa de agua caliente que dejamos entre las sábanas antes de irnos a la cama. No me atrevo a tocarle porque el calor me tiene paralizada y mi pecho de cenizas abrasadoras me retiene en este lado de la cama. Necesito liberar este anclaje y volar, elevarme como el vapor caliente que inunda mi cuerpo, seguir en busca de un aire fresco y liviano que calme mis pulmones.
Siento los pies fríos, congelados a pesar de este edredón de plumas y la bolsa de agua caliente que dejamos entre las sábanas antes de irnos a la cama. Estoy helado de miedo, invadido por escalofríos que vaticinan un peligro cercano. La soledad me toca y rocía mi piel con pequeños puñales de hielo que se clavan lentamente en mi carne, una prueba real de este cambio sin posibilidad de rectificación. Mi pecho es un bloque que corta mi respiración y un dolor hasta el momento desconocido me tiene paralizado. Necesito volar, elevarme lejos del frío y dejar que el cielo temple el escozor de mis heridas.
-Yo no te quiero perder, no soy sin ti.
-No me voy a perder porque aún no me encontré.
Estoy paralizada bajo este techo, herida por la incertidumbre, apaleada por la nostalgia que sentiré al emprender este nuevo camino. Siento calor, calor, calor, o más bien opresión, porque no sé si mi camino será de dirección única, porque no sé si el pasado se puede recuperar en esta nueva bifurcación trazada por un ritmo discontinuo en nuestras vidas, porque no entiendo por qué estos cuadros que antaño me parecieron tan míos son ahora tan lejanos e impersonales.
Estoy paralizado bajo este techo, herido por la incertidumbre, apaleado por la nostalgia que sentiré cuando emprenda este camino que ella ha elegido para los dos. Me siento frío, frío, frío, o más bien helado, porque no sé si mi camino se cruzará de nuevo con el de ella, porque no sé si el pasado, que tan presente fue hasta ahora, se puede recuperar en esta nueva bifurcación, porque no entiendo por qué estos cuadros, que antaño me parecieron tan cálidos, son ahora imágenes inertes y congeladas.
-No te voy a olvidar nunca, esté donde esté.
-Yo tampoco. Créeme. Estés donde estés.
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